Un buen maestro no caduca.
Cada 11 de septiembre se celebra en la Argentina el Día del Maestro en conmemoración por el fallecimiento de Domingo Faustino Sarmiento en el año 1888. Considerado el “padre del aula”.
Aunque también se reconoce el arduo trabajo que realizan todos los maestros durante todo el año con más de 30 niños en un aula durante 5 o 6 horas al día. Son aquellos que se encargan de enseñar, formar y criar a un porcentaje de niños y niñas todos los días para que sepan instalarse en la sociedad, llevándose valores, enseñanzas, conocimientos y por sobre todo: Recuerdos.
La educación para todas las personas es vital, necesaria y se desarrolla desde el momento en que nacemos. Nuestros primeros educadores son nuestros padres quienes nos enseñan y muestran el mundo.
Pero aquellos que pasan hasta más tiempo con los niños son los maestros, son nuestros segundos educadores que nos enseñan más allá del mundo sino un mundo nuevo lleno de personas desconocidas que dentro de 3 años o más serán nuestros “amigos de la infancia”.
El Día del Maestro nos invita a valorar a quienes eligen estar, enseñar, escuchar y creer, incluso cuando todo parece ponerse difícil. Son aquellos que nos preguntan por nuestros sueños, que les regalan abrazos a todos los niños que entran al aula haciéndolos olvidar por unos momentos sus problemas. Porque aún siendo niños traen cargas.
Y hoy, a pesar de la pandemia, esa misión sigue viva en cada docente que entra a un aula, con lluvia o sol, con recursos o sin ellos, con la certeza de que su trabajo puede cambiar una vida.
Porque ser maestro o maestra no es simplemente un oficio. Es una vocación que exige paciencia cuando las respuestas no llegan, creatividad cuando faltan materiales, fortaleza cuando los días son pesados y, sobre todo, un inmenso amor por lo que hacen y por quienes están a su cargo.
Hay quienes recuerdan toda la vida a un docente que les dio confianza cuando nadie más lo hacía, que les dijo "vos podés" cuando ellos mismos dudaban, que les enseñó a pensar, a cuestionar, a soñar en grande. Esas huellas no se borran.
Siempre hay un maestro o un profesor que nos impulsó a ser mejores o a encontrar aquello que tanto nos gusta. Siempre está el maestro buena onda, el que ya no es “Profe tal” sino su nombre de pila, siempre hay una huella y un espacio de nuestro corazón para los maestros.
Nos conocen igual o más que nosotros y son como una familia. Son familia porque pasan todo un año viéndonos crecer, cambiar de pelo, de amigos, de lugar, de todo. Acompañan a los alumnos durante años, mucho después de haber dejado el pupitre.
Las aulas cambiaron, las realidades de los alumnos también, y la educación requiere hoy más que nunca empatía, adaptación y compromiso. Muchos docentes trabajan con esfuerzo, con dedicación silenciosa, muchas veces sin el reconocimiento que merecen, enfrentando obstáculos que pocas veces se ven desde afuera. Sin embargo, siguen ahí, convencidos de que la educación sigue siendo el puente más sólido para construir un país más justo, más igualitario y más humano.
Por eso, este Día del Maestro, el agradecimiento no alcanza, pero es necesario decirlo: gracias a quienes convierten cada clase en una oportunidad, a quienes ven en cada alumno una historia única, a quienes enseñan con el corazón y dejan pedazos de sí mismos en cada paso que damos.
El legado de un buen maestro no tiene fecha de vencimiento. Crece, se transmite, se multiplica.
Feliz día del maestro. ❤️
- Editorial entérate Ya.
- Martin Aldana.
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